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Desde la cama de la Lala: Más allá de lo que queremos, escuchemos

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Más allá de lo que queremos, escuchemos

Puede parecer que las cosas luego de un tiempo dejen de ser las mismas. Pudiéramos llegar a pensar que jamás la gente al otro día, es la misma que el día anterior. A lo mejor lleguemos a creer que las costumbres van cambiando, los hábitos se van haciendo parte de nuestra cotidianeidad, las obligaciones son cada día más, las risas menos, las caricias pocas y los besos ligeros. Puede ser que esto sea cierto, puede ser.

La vida es un camino lleno de colores, aromas, climas, sentimientos. De pronto hay días en que los colores brillan, iluminan y el aroma que se esparce vibra en la piel del alma. También habrá días en que las nieblas tratarán de ocultar estos colores, luces y aromas, puede ser que hasta no veamos la luz y el aroma se confunda con vino rancio. Habrá días de cálida primavera, como habrá días de oscuro y frío invierno. Momentos de alegría, risas, sueños, metas; otros de caras tristes, gritos, enojos, ofensas… esta es la vida cuando nos relacionamos entre nosotros mismos. Las relaciones interpersonales se van creando y desarrollando día a día, no son una historia escrita, es una que se va escribiendo poco a poco, entre todos los que están involucrados en esta.

Cuando las relaciones interpersonales, del tipo que sea, comienzan a tornarse áridas, escabrosas, difíciles de vivir, es el momento de evaluarlas desde una perspectiva humana y objetiva. Sin apasionamientos ni sensiblerías, con madurez y honestidad. Esto debe ser más considerado aún cuando estamos comenzando una relación. Si al principio de una relación, no sentimos paz, serenidad, seguridad, confianza, tranquilidad, debe ser el momento clave para preguntarnos: ¿Me conviene continuar? Por lo general, todos sabemos dónde nos estamos metiendo desde el principio, pero tendemos a pensar que las cosas van a cambiar en el camino… Una cosa he aprendido a los golpes, LA GENTE NO CAMBIA. Cambia nuestra manera de ver la situación o como nos decidimos (en ocasiones nos engañamos) ver la misma. Esto puede ser letal para todas las partes, más para unos que para otros.

Me voy a poner como ejemplo, quien mejor que yo para saber lo que estoy diciendo. En un pasado, llegó alguien a mi vida, bajo unas circunstancias casi de cuento de hadas, pero dentro de mi algo me decía que no estaba bien. Comencé a tratar de huir de esta persona, más mientras más le sacaba el cuerpo, su interés era más fuerte y parecía ser genuino. Aun así, ese sentimiento de ahogo, de pérdida de libertad, de miedo, seguía imperando en mí. No escuché mi propia voz y, demás está decirles que ha sido uno de esos errores de los que aprendí mucho, pero pude haberme economizado el dolor y las lágrimas de decepción.

En otra ocasión anterior a esta, mi “ceguera escogida” me llevó a un grado hiperbólico de estupidez, que aun cuando no solo mi voz interna me gritaba: CUIDADO, sino además voces externas también trataron de advertirme, por irme en contra del mundo porque: “Nadie me va a decir lo que tengo que hacer, yo y solo yo manejo mi vida y que se joda el mundo…” me fui de bruces hasta el fondo del lodo. ¿Aprendí? Claro que sí, aprendí a que no siempre hacer lo que me da la gana por defender mi punto es lo correcto, lo que conviene o lo sabio. Aprendí a escuchar realmente los puntos de vista de quienes están fuera de la situación y pueden ver con objetividad y sin apasionamientos. Aprendí que yo sí sé cuando estoy en peligro, pero que por mi naturaleza “heroica” (hoy día llamo inmadurez rayando en estupidez) creo que puedo cambiar todo lo que se no va a cambiar.

Hoy, sentada en casa, junto a #MaridoMio, me doy cuenta de lo que es llegar a una relación en paz. Desde el momento que conocí a Josué, aun sin haberlo visto, supe que era el indicado. Quienes conocen de cerca nuestra historia saben que no fue fácil. Más aún dentro de esas circunstancias nunca sentí que me asfixiaba, no sentí me robaba paz, que me cortaba libertad, todo lo contrario, cada día era una reafirmación de que era lo que hoy es, el perfecto hombre para mi imperfecta vida.

En una relación siempre habrá sus momentos rocosos, pero es lo que te mantiene de pie lo que la define. Dentro de esos momentos de tormenta, si no podemos ver paz, algo no está bien, porque aun en la tormenta vamos a encontrar la “calma chicha” y esta es en realidad el ojo de la tormenta.

Tomemos dos minutos en este momento, solo dos. Pensemos en todo lo que tenemos, en el amor que nos rodea, ese que está en nuestro aire. Tomemos en cuenta todas las sonrisas que nos pinta la vida, que por estar pendientes a la “tormenta” las dejamos pasar por alto. Busquemos la verdad en esas miradas profundas que nos llevan a sentirnos en “casa” en “el hogar”, aun cuando este no esté en su lugar. Consideremos esas palabras que hemos decidido obviar, esos aromas que nos hacen recordar de dónde venimos, esas caricias que nos llevan a la paz, hasta los sabores que gritan: PAZ… ahí está nuestra alma sembrada.

Estoy segura que después de esos dos minutos, el amor, la paz y la libertad volverán a brillar…

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