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Imposible que esto sea un complejo

negras1“En un sentido coloquial y no estrictamente técnico, se habla de una persona «acomplejada» o que sufre «complejos psíquicos» cuando presenta una marcada disconformidad con alguno o varios aspectos físicos o psíquicos de su persona, los que experimenta o percibe subjetivamente con sentimientos de minusvalía.”

Imposible que esto sea un complejo

“Mira nena, deja ya esa guerra boba en contra de los blancos, deje ese complejo irracional. Después de todo, tu pasas por blanquita.” Cuando creces escuchando este tipo de aberraciones, puede que en algún momento llegues a pensar que tienen razón.

Cuando llegas a una entrevista de trabajo con la “cereta florecida” (dedicaste gran parte del tiempo a acentuar su soberanía) quien te recibe te mira raro, quien te entrevista, luego de realizar todas las preguntas y darse cuenta que el puesto se ha hecho a tu medida, con cierto recelo y “cuidado” te dice: “En esta compañía somos muy cuidadosos con nuestra apariencia personal, necesitamos que todo el personal se vea profesional en todo momento. Tu cabello es hermoso, pero por aquello de seguir las normas, ¿tendrás algún inconveniente con peinarte para venir a trabajar?” Llegas a pensar que debes “planchar” tus poderosos rizos pues estos no son dignos de estar en un “ambiente profesional”.

Cuando en una conversación  con alguien que pensabas libre de prejuicios raciales, te ves en la necesidad de decir lo siguiente: “¿Y si te digo que mi abuela materna era haitiana? ¿Y si te digo que soy negra?” y por respuesta recibes: “Calla mujer, que si no lo dices nadie lo nota, nadie lo sabe.”. Te aseguro una de dos cosas va a suceder: 1. O arremetes contra la persona con una violenta mandada a las islas al sur del Pacífico. 2. Decides callar por alguna de las razones arriba mencionadas u otras que no he mencionado, pero que también me marcaron por mucho tiempo.

negras5Tengo cuarenta y ocho años. De estos, no recuerdo cuándo fue la primera vez que me vi frente a frente al prejuicio o al racismo, pero si recuerdo de donde vino, directamente de la familia. Tuve que lidiar con mis sentimientos consanguíneos y me deseo de respeto, mi necesidad de aceptación de mi negritud. Lo más increíble fue tener que defender la misma de mis propios familiares negros, pues un grupo ínfimo pero transcendental en la vida de una niña en pleno periodo de descubrimiento de identidad y desarrollo de una autoestima sana, se burlaban de mí porque yo era la “blanquita linda con complejo de negra”. Hasta ese momento no había notado la diferencia en la pigmentación de mi piel en contraste con la de ellos. Fue duro, triste, una mordida en mi alma que hoy puedo compararla con la cruenta marca del carimbo.

Desde ese momento comencé a luchar para que respetaran mi negritud. Me les enfrenté con furia, cosa que les causaba gracia pues seguían viendo mi color de piel. Pero sobretodo porque me veían como “una mocosa con ínfulas de revolucionaria”. Y no se equivocaban, pero nada de ínfulas, fui y soy la revolucionaria que nunca se ha callado, a pesar de todas las veces que han intentado enmudecerme. He sido lo que me enseñaron mis padres a ser, contestaría, defensora de mis ideales y de lo que creo justo. Créanme, esto me ha costado vivir con la “estigma” de ser la “malcriada y atrevida” de la familia. O como ellos dicen: “la oveja negra de la familia”. Si, de ser “la blanquita linda con complejo de negra”, a “la oveja negra y descarriada”. En ambos casos, hacen referencia a ser “negra” como algo negativo. ¡Ironías indignantes!

Llegó un momento en mi vida en la que demostrar mi negritud, según muchos se convirtió en una obsesión. No me importó para nada sus comentarios viciados de prejuicios ocultos en “buenas intenciones”. Comencé a buscar mis raíces con denuedo, porque estaba segura que en mis raíces estaría la sanidad de mi raíz. Sabía que había una gran probabilidad que esta búsqueda me causaría algún tipo de dolor, mas no me detuve pues estaba y estoy segura que a través de éste, la negra en mi seguirá con la frente en alto y ayudando a otras negras a encontrar su sanidad.

Estoy en pleno proceso y cada día es más arduo pero liberador. Algunos días, el dolor se hace casi tangible en la piel. Otros la ira me ciega y quisiera gritar. En ocasiones he llegado a escuchar los tambores de “mi palenque” invitando a la lucha por la liberación y retomo fuerzas para continuar esta gesta.

negras3Cuando “removemos o zarandeamos” la historia real de nuestras negras ancestras, descubrimos que no todos sus cantos eran de dolor, muchos de estos eran cantos de rebelión para alimentar el deseo de libertad en su palenque. Otras cantaban la historia de sus ancestras para que el orgullo por sus raíces se hiciera eterno. No, no todos sus cantos eran de dolor y frustración. Eso es lo que nos han querido meter por las venas desde que nacemos, con todas esas manifestaciones racistas, que no vemos como tales, a las que somos expuestas. Venimos arrastrando el mismo sistema colonizante que usaron “los amos blancos” con nuestros negros. Desde que nacemos están tratando de borrar nuestra negritud y de esta manera, también deforman nuestra identidad puertorriqueña. Es un complot que viene dándose desde tiempos memorables y que hoy día se sigue perpetuando.

Encontrarme con que en mis venas corre sangre de cimarronas mayagüezanas, me lleva a entender mi fiereza y mi deseo incansable de luchar por mi identidad, mi libertad. Descubrir que dos de ellas eran mujeres de estudios cuando llegaron aquí y las llevaron a una de las haciendas más reconocidas exactamente por esto. Sabían dos idiomas además del español que habían aprendido de sus anteriores amos. Eran comadronas y sabían curar con sus hierbas y brebajes. Estas dos mujeres, de las seis que he encontrado, provenían de los Ashanti, una tribu de Gahna. Las mujeres de esta tribu eran aguerridas líderes que amaban y lucharon con fiereza por su libertad. Las mujeres Ashanti fueron líderes de su pueblo que lucharon mano a mano con los hombres por la libertad del mismo. ¡Totalmente imposible no sentir orgullo por mi Afrodescendencia!

Pero es que no puedo quedarme solo con ellas, las Ashanti. Del lado de mi abuela materna, quien vino a Puerto Rico a la edad de seis meses, no tenía familia puertorriqueña, sus raíces eran completamente haitianas. Esta provenía de una de las civilizaciones con más historia: los Yoruba. Una de las civilizaciones más importantes negras4de África, para algunos la más importante y antigua. Las mujeres Yoruba han sido respetadas por su gallardía y fiereza. Madres con la fuerza del universo en el vientre. Y cuando recuerdo a mi abuela, les puedo asegurar que exactamente así fue ella, Aun pasando por las vicisitudes que vivió, no solo se hizo cargo de sus nueve hijos, sino que crio varios que quedaron abandonados por sus madres en aquel tiempo, sin contar que se hizo cargo de algunos de los hijos de mi abuelo. Estudió en la escuela vocacional logrando un diploma de enfermería. Era apasionada a la hora de contar esas historias que sus hermanos mayores le habían contado acerca de la vida en Haití y aun cuando no entendía lo que me estaba cantando, con tal de no perder sus raíces, me dormía al son de las nanas que sus hermanos le enseñaron cuando pequeña.

Entonces tengo que volver al principio de este primer escrito. Necesito hacer referencia a esas palabras tan cruentas que he escuchado tantas veces: “Mira nena, deja ya esa guerra boba en contra de los blancos, deje ese complejo irracional. Después de todo, tu pasas por blanquita.” Es imposible que sea complejo esto que siento en mi alma y lo llevo con orgullo en cuerpo. Saber que provengo de una descendencia de mujeres guerreras, reinas, líderes de lucha y madres aguerridas que no se detenían negras6ante nada, no es posible que esto me haga sentir menos. Reconocer que “Las negras de mi casa” provienen del continente más grande del mundo y que no solo es el más grande, sino que es la cuna de todas las civilizaciones, imposible que camine con mi mirada en el suelo. Descubrir tantas maravillas de mi Afrodescendencia, me lleva a reafirmarme en esta lucha que llevo para que nuestra historia nos devuelva el lugar al que pertenecemos. ¡Exijo respeto! ¡Exijo trato digno y equidad! ¡Exijo que nos devuelvan una identidad real, afroreparada y en total sanidad! ¡Exijo una literatura que muestre esos rasgos que nos lleven a sentir orgullo por nuestras raíces, una cultura que nos devuelva a una historia con esas verdades que nos han querido ocultar! Y esto, esto no es complejo, imposible. Esto es reconocer que “Las negras de mi casa”, se merecen mucho más que un altar.

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