De esas noches interminables · El Diario de una Bipolar · Las Gavetas de Lala

3:45 PM

interrupted

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Eran las tres y cuarenta y cinco de la tarde cuando la joven Camila estaba levantándose. Luego del largo viaje de regreso a casa después de su internado, era rico estar por fin en casa con sus seres amados. Tan pronto se levantó abrió de par en par las cortinas de la habitación dejando entrar los rayos del sol que la abrazaban y además se disfrutaba las flores que su jardín le regalaba.

Bajó las escaleras de tres en tres, sin lavarse tan siquiera la cara, al escuchar la voz de su tía favorita llegar al palacete. La tía Clara, la más divertida y loca de todas sus tías. Todas sus amigas eran locas con su tía. Deseaban una tía, como la tía Clara. “¡Qué bella estás mi muñeca, estás hecha toda una mujer! ¡Cuántos corazones habrás dejado roto allá en Inglaterra! Ven acá mi niña, dame un rico beso y abrazo de amor.” Ambas se fundieron en el más hermoso y cálido abrazo que dos mujeres podían darse.

Ambas subieron a la habitación pues tenían mucho que contarse, además Camila debía asearse para comer algo junto a su tía. Mientras la joven se bañaba, la tía ordenaba algo a la cocina para que lo subieran a la habitación. Abrió las puertas del balcón y un rico aroma de jazmines, rosas y alelíes inundó el lugar.

Camila salió del cuarto de baño con su mullida bata y una toalla envolvía su hermosa cabellera oscura. Volvió a abrazarse a su tía y luego se sentaron en los cómodos sillones del hermoso y florido balcón. De repente llegó la empleada de servicio con un suculento manjar para las dos. Se perdían en el fabuloso jardín las enormes carcajadas de las dos. Camila le hablaba con rapidez de todas las cosas que había vivido en el internado en Inglaterra. A la vez, la tía Clara se reía y le contaba las travesuras que había hecho aún a su edad.

Camila le habló de Alejandro, el hijo de uno de los diputados más encumbrados de la ciudad en donde estaba situado el internado. Alejandro sólo tenía ojos para ella. Lo conoció en uno de los bailes que se hacían integrando internados femeninos y masculinos, eran bailes de la alta sociedad inglesa. En estos bailes ponían en práctica todas las reglas de etiqueta que en estos lugares de estudio les enseñaban como parte de su currículo.

Alejandro era alto, rubio de ojos azules. Su familia tenía mucho dinero, pero obviamente menos que ellos. Camila sabía que lo aceptarían rápidamente en su familia, pues era un hombre encantador, sin contar su abolengo social.

Las historias de Camila cada vez más enorgullecían a su tía Clara. Era toda una mujer, digna de pertenecer a su encumbrada y poderosa familia. Habían hecho muy buen trabajo. Ya era hora de marcharse, tenía cita con la esteticista, el Botox la esperaba. Ambas se rieron tanto esa tarde.

Camila llamó a la empleada para que retirara todo y comenzó a vestirse. Mientras se vestía, pensaba en lo feliz que se sentía estar en casa y lo rico que había sido merendar con su espectacular tía Clara. Su día había comenzado perfecto. Nada podía dañarlo, nada.

Cuatro y cuarto de la tarde. Camila está sola en su fría habitación. La enfermera entra y le informa que su siquiatra la espera en la sala de evaluación número dos. Le hizo tomar los medicamentos que aún estaban sobre la mesa y la  llevó de la mano a encontrarse con el doctor.

Delirios de grandeza con sicosis aguda y rasgos de esquizofrenia, ese era el diagnóstico de la paciente número trescientos noventa y seis del hospital siquiátrico, Camila Ramírez.

Fragmento de: El Diario de una bipolar
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